La niña vestida de Primera Comunión

escanear0001Esta primorosa niña vestida de Comunión soy yo a los 7 años.

No me falta un detalle, tanto en el vestido, que es de plumeti, con sus correspondientes lorzas y tiras bordadas como en el resto del estilismo: el tul , los guantes, la limosnera, la corona. Todo blanco, que el blanco simbolizaba la pureza, cuando nosotras ni sabíamos qué quería decir la palabra.

Las únicas joyas, también religiosas, la medalla de la Virgen y el rosario de cuentas de plata. Y no faltaba el Misalito con tapas de nácar.

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El peinado, de roscas, solía llevarlo habitualmente y era uno de mis favoritos. Aún hoy me sigue gustando peinarme con recogidos de trenza.

Pero lo que más veo en la cara de esta niña, su belleza aparte, es lo buena que es, su deseo de complacer, agradar, cumplir. Contaré un detalle. Los días previos a la Primera Comunión eran de nervios, ensayos. Comulgábamos en la Catedral porque nos daba la Comunión el Obispo (D. Enrique Delgado Gómez). Las monjas nos llevaron una y mil veces a ensayar: cómo entrar despacio, de dos en dos… Maite Cabodevilla y Marisita Navarlaz las últimas porque éramos las más altas. Pero, fatalidad, Marisita faltó unos días y se perdía en los ensayos.

– !Maite! Tú enséñale cómo hay que hacerlo. Menudo agobio.

El día de la ceremonia cuando por fin me senté en “mi” banco, en “mi” sitio, descansé entre la ampulosidad de las faldas almidonadas. Nos mirábamos unas a otras embelesadas de lo guapísimas que estábamos.

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Todo lo del ayuno, la comunión, la patena, el rezo, nos lo sabíamos de memoria, estudiado en el Catecismo y machacado hasta el aburrimiento.

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Lo grande era ir de “reina” aunque sólo fuese por un día. En aquel tiempo no había posibilidad de vestir nada especial ni en Carnaval, que entonces no se celebraba, ni en Caldereros, ni en Santo Tomás. Nunca jamás. El vestido de Comunión te lo ponías sólo tres veces: el día de la ceremonia, el de la foto y el 24 de mayo que de los Salesianos salía la Procesión de María Auxiliadora.

Y a conservar la pureza hasta estar aburrida de ella, que es como acabamos todas, hartas de la pureza y de no saber qué era pecar contra el sexto mandamiento.

¡Pobres criaturas !, ¡con 7 años¡

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