El frío helador

 

Fotos Familia-Ajuar Portatil 007

Yo siempre he alardeado en Donosti, sobre todo ante mis alumnos,  de que prefiero “el frío helador” de Pamplona que te congela las orejas, al hueco viento sur de aquí que me deja la cabeza despotenciada..

Y tengo frío. Me pongo bata gorda y acerco la silla a la calefacción.

Vuelvo a mi Pamplona del alma cuando en invierno salía hacía el cole y me entretenía rompiendo el hielo de los charcos y “abrigada” con unas medias hasta la rodilla ¡ Qué frío! saltaba feliz de charco en charco.

No recuerdo si había calefacción en el cole, cuando todavía estaba en el edificio de la Media Luna, creo que no. Imagino que el calor humano era lo que caldeaba la clase. En el nuevo cole de la Avda. Galicia sí había calefacción pero de cualquier forma como las monjas eran tan económicas la encendían poco.

Ahora que para soluciones al frío, las de mi casa y las de tantas otras de entonces, supongo.

Cuando volvía de mis correrías por la calle con manos y pies helados la mamá metía mis zapatos en el horno y me calzaba unas zapatillas de paño muy calentitas.

Eran aún tiempos de cocina “económica”· junto a la que estaba la carbonera que me provocaba escalofríos de miedo al levantar la tapa y descubrir su fondo negro de oscuridad y de carbón.

Otro día contaré cómo el carbonero con un saco protegiendole la cabeza subía a casa los sacos de carbón. Era el carbonero de la calle Olite que contaba para la distribución del carbón con un carro y un burro que nos amenizaba la calle todas las mañanas con sus rebuznos.

Sobre la chapa de la cocina podía haber variedad de utensilios: siempre presente el puchero negro y panzudo del café al que la mamá era adicta, algún otro puchero de Dios sabe qué y a veces las planchas de hierro, cuando aún no había llegado a casa la eléctrica.

Otro gran invento contra el frío era el brasero. La yaya siempre estaba sentada en la mesa camilla al calor del brasero y me invitaba a jugar a la brisca con ella.    ! Qué aburrimiento¡ Con un poco de suerte la yaya me decía: “Dale vuelta al brasero” y entonces yo asomaba la cabeza entre las faldas de la camilla, cogía la paleta y amontonaba bien las cenizas entre los rojos brillos de las brasas. El brasero estaba protegido por una especie de jaula metálica sobre la que a veces, cuando era imposible secar la ropa debido a las heladas, colocábamos unos calcetines para que se secarán rápido. A veces en un descuido se chamuscaban un poco las faldas y entonces la yaya ponía el grito en el cielo por lo descuidadas que eramos.

Cuando me cansaba de mesa camilla me sentaba encima de la mesa de la cocina y repasaba las lecciones de Geografía: que si la Lora, la Tierra del Pan, la Tierra del Vino y la mamá cual Licenciado Vidriera me tomaba las lecciones.

Escuchábamos la radio, la yaya rezaba el Rosario, mientras la mamá seguía los episodios de Matilde, Perico y Periquín y yo, si había suerte podía escuchar algún cuento radiado como “Garbancito” o “El gallo Quirico”.

Cuando llegaba la hora de ir a la cama la yaya a lo largo de los años tuvo distintos métodos para calentar la cama.

El más antiguo creo que fue el ladrillo calentado en el horno y envuelto en un paño directo a su cama.

Luego vinieron las botellas de gaseosa rellenas de agua caliente y lo más moderno que conocí en aquella casa fue el calorifero metálico recubierto de una tela de pana que se enchufaba, se calentaba y ale a la cama. Yo creo que del ladrillo a este método eléctrico ya había bastante avance. Aunque avance fue usar bolsas de goma, las de toda la vida, que por la razón que fuera a mi mundo llegaron bastante tarde.

A mí lo que más frío me daba era salir de la cocina calentita para ir al baño. Frío y miedo porque salías al pasillo oscuro y helado. Ya en el baño, cuando te bajabas las bragas se te encogían las piernas y congelaba el pipí.

!Ah! También me daba un frío helador que la mamá me dijera: “Maite sal al balcón y coge la ropa de la cuerda que está helando” y efectivamente helaba porque cogía de la cuerda pantalones y camisas tiesas como maniquís.

El no va más del frío helador era cuando se congelaban los estanques de la Media Luna. Si la helada era importante entonces nos arriesgábamos a entrar en el estanque grande, el del surtidor y los peces, y hacíamos unos amagos de deslizarnos, con mucho cuidado y mucho miedo.

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Eran muy fríos los inviernos de Pamplona, de pasamontañas y bufanda tapándote la nariz pero yo sobre todo recuerdo aquella cocina caldeada y cómo pasaba la mano por los cristales del balcón para quitar el vapor y poder ver las palomitas al saltar la lluvia sobre los charcos del patio.

Frío helador y calor en el corazón

Un pensamiento en “El frío helador

  1. Hola Maite. Soy Nieves (Edurne).Ya sabia que tenias un don especial… pero no sabia que habías escrito antes. Cuando he visto la foto me ha parecido verte a ti de pequeña y me ha entrado curiosidad y cuando he empezado a leer me ha encantado y me ha echo sentirme muy bien . Te he visto a ti de pequeña en tu casa de pamplona y yo casi a tu lado mirándote. Bueno. Solo decirte que me ha encantado. Besitos.

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