Un mundo para Denisa

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Hace unos días pensé en transformar mi ” Ajuar Portátil ” en  un blog nuevo: ” Un mundo para Denisa “.

Denisa ha sido el gran acontecimiento de estos últimos meses: el embarazo de mi hermana Paula y por fin el alumbramiento de la pequeña Denisa Valentina.

Nacida en el 2016, bien lejos de los 50 en que yo nací o los 70 en que nacieron sus papás.

El mundo de Denisa es el de los increíbles avances tecnológicos, médicos,……también el de terribles injusticias y desigualdades.

Denisa nace a un mundo nuevo pero con ella llega lo mejor de los sentimientos: la ternura, el amor, la entrega. Las emociones que siempre un bebé provoca.

Sí, cuidemos a Denisa con todos los adelantos que el s. XXI nos proporciona : las nuevas vacunas, avances en alimentación infantil, en ropa….. ¡ Todo ha avanzado tanto!

Pero sobre todo dejemonos abrazar por el calor de Denisa, la ternura que provoca, el deseo de protegerla

Y me dirá su mamá: – Oye que Denisa también llora, a veces incansable.

Esa es también otra asignatura a aprender: ejercitar la paciencia, aprender trucos y a veces controlar la desesperación por no poder calmar a una bebita que llora desconsolada.

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Denisa, avanzas prodigiosamente, te pones rellenita, sonríes, tus papás están locos contigo y tu ” matusa ” Maite te añora.

¡ Bienvenida al mundo Denisa Valentina !

Coser y hablar

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 Arrullo que la mamá cosió para Paula

 

Salgo de la cálida cocina de la calle Olite y me encaminó al “cuarto pequeño”.

Es por la tarde, la habitación muy luminosa y en ella está entronizada la máquina de coser de la mamá, es su territorio y por lo tanto ” el cuarto de costura”.

Bobinas de hilos, alfileres, tiza de marcar, todo está allí en armonioso desorden y la mamá, con la cinta métrica colgada al cuello, pedalea con garbo la máquina de coser cuya aguja atraviesa metros de tela de mil rayas con la que confecciona batas de colegio para escolares.

– ¿Puedo ayudar?

Siempre ayudo en lo mismo, sobrehilando, me gusta y lo hago con paciencia.

El transistor aporta música, novelas y consultorios, pero la mayoría de las veces no escuchamos porque nosotras: hablamos. Las dos somos muy habladoras.

Hay complicidad, yo ya soy adolescente y repasamos temas, del trabajo del papá, de mis amigas, de Patxi e Iñaki, de la yaya. Esas plácidas tardes son inolvidables.

En ellas aprendí muchas cosas de la mamá, de su infancia, de la guerra, de su vida de soltera en Madrid, de sus preocupaciones, de su talante alegre. ¡Tantas cosas ! Y ¡ Milagro!  de paso aprendí a coser.

Me explico. Mi hermana Paula espera un bebé y con esta gratisima noticia además de muchas emocione, se ha activado en mí un resorte, no sé dónde escondido, que ha activado a la Maite costurera.

Mientras corto e hilvano sabanitas, hago vainicas, coso piquillos, me pregunto cómo es que yo sé hacer todas estas cosas sin vacilación.

Pues sí, aprendí viendo a la mamá, compartiendo con ella aquellas tardes de costura veraniegas. Ni piscina, ni playa. ¡Costura!

Coso como la mamá, costura de batalla, nada de la perfección de la que no pierde un hilo. Lo nuestro es la eficacia.

La mamá cosía batas para los niños de los Escolapios y los Maristas y cuando llegaba la temporada de verano había mucho que coser para el inicio de curso que entonces era en Octubre.

La mamá no se andaba en chiquitas. Tantas batas, tantas pesetas que luego ella guardaba con ilusión en el cajón de la máquina de coser y que le ayudaban a solucionar imprevistos. del dentista o de los libros del curso.

Quiero mucho a esta mamá feliz, atareada y contenta de que su hija adolescente le traiga a veces a sus amigas, Maite y Loli para que nos corte un blusón de los hippies que se llevaban entonces.

También cosió ilusionada juegos de cuna para su Paula.

Ahora yo sin su pericia, sin máquina pero con una ilusión me imagino que similar a la de ella, coso para el bebé de su Paula y recuerdo con muchísimo cariño a la Mari costurera, a la amiga, a la mamá que tanto nos dio y nos dejó sin poderle decir cuánto le debíamos y cuanto la queríamos.IMG_20160601_121816643

Sabanita para el bebé de Paula

La dieta de la calle Olite

 

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Yo, que siempre estoy a dieta y nunca adelgazo, mayormente porque cada noche me atiborro de dulces, debería someterme a la dieta alimenticia de la calle Olite, no sé si era Mediterránea, pero regular y sana un rato largo.

Lo que ahora es “producto de cercanía” entonces era ir cada día al Mercado Nuevo y allí comprar borrajas, acelgas o achicorias que normalmente eran de las huertas de la Madalena. En el puesto de las Arrieta ( una de ellas, Socorrito, estudiaba conmigo) comprábamos la verdura.

En el de La Engracia, la carne, pero bien mirada. El picadillo para las albondigas, el hígado, que entonces se comía sin temor, la chistorra y morcilla que ellos mismos elaboraban, filetes para empanar, que serían de cerdo digo yo. El boom de “la ternera” todavía no había llegado. También se compraba hueso de jamón para las lentejas y hueso de caña (también sin miedo a las vacas locas) la gallina y el morcillo para los cocidos madrileños que la mamá bordaba.

La fruta en Bermejo; naranjas,manzanas y plátanos, Desconocíamos el kiwi y el aguacate. En verano, melón y sandía. Las frutas que nosotros considerábamos “caprichosas” como albaricoques, cerezas o fresas las compraba la yaya y guardaba los zorrones en su armario. Desde allí nos la administraba, siempre que nosotros no hubiésemos hecho estragos.

En mi primera infancia no había frigorífico, por eso se compraba al día y se colocaban los productos en la fresquera, que estaba en la despensa y daba al balcón.

La hora de comer era sagrada, el papá normalmente no estaba y allí se servía el primero y el segundo. De primero, que hoy había lentejas, al día siguiente con las sobrantes y unas patatas cocidas tocaba puré de lentejas. Borrajas y acelgas con patatas, sopa de fideos. Muy variados.

Los segundos eran más estudiados. La mamá nos daba proteínas, pero bien trabajadas: las albóndigas con tomate (natural, claro), los filetes rusos que nos encantaban y más porque iban acompañados con patatas o pimientos, el hígado empanado o encebollado, la carne guisada que solía ser plato de domingo.

Los viernes en las épocas de vigilia tocaba pescado, no mucho. Preferíamos los riquísimos huevos con besamel que preparaba la mama o el arroz a la cubana..

Para el señor de la casa los salmonetes. El besugo en Nochebuena, Las gambas, las chirlas y el congrio para la paella dominguera. Vamos que la merluza no andaba como Pedro por su casa, a no ser que hubiese algún enfermo.

De postre la fruta. Yogures y Petit Suisse nos eran desconocidos. A veces salías hacia el cole con la fruta en la mano, yo se la solía dar a “un pobre” que solía vagabundear por los Jardinicos.

¡Se me olvidaba! Pan, mucho pan, lo comíamos tan a gusto. Aún no teníamos en la cabeza las calorías, Sólo había dos tipos: el normal y “el sobao” que solíamos comprar los domingos.

Postres golosos: el flan de huevo y el arroz con leche. A veces la yaya hacía rosquillas. La mamá no era nada repostera.

La merienda, bien de pan con chocolate o con chorizo de Pamplona. Nada de jamón, ni de Nocilla, ni fiambre que no fuera mortadela o el dichoso chorizo.

Dulces: la mamá nos solía mandar a Las Langarica a comprar galletas al peso, Marias o de vainilla, Comprábamos un cuarto que nos servían en un zorrón. ¡Madre mía qué contención!. El chocolate era “La Campana” de Elgorriaga del que guardábamos el papel de plata y coleccionábamos los cromos.

La cena, mucho huevo y patatas fritas

Las aceitunas y el atún para las ensaladas se compraban a granel en Valero.

Alguna tarde fría de invierno chocolate con pan fritico.¡Qué rico!

Los mimos alimenticios eran hacernos una ensaladilla rusa, sopitas de leche o el mencionado flan de huevo.

En verano nuestro plato favorita era la ensalada con patatas, atún y huevo cocido. Aun recuerdo la lechuga y el tomate en la fregadera refrescándose debajo del grifo.,

Para elaborar estos sencillos menús la mamá contaba con la cocina económica  de carbón. Cuando llegó el butano hubo que quitar la carbonera, que tanto miedo me daba, para entronizar la blanca cocina de butano con sus dos fuegos y así llegó a casa la botella naranja y su repartidor, el butanero.

Comprendo que me ha quedado un poco aburrido esta retáhila de comidas pero dejo para el final la idea más importante.

Todo lo que sé de cocina lo aprendí de la mamá. Hago las albóndigas como ella, lo mismo pasa con el cocido y de mí han aprendido mis hijos

.Así que seguimos la dieta de la calle Olite sólo que mejorada por lácteos de todo tipo, panes caprichosos. De sólo galletas María hemos pasado a galletas a cada cual más rica. Frutas las de todo el mundo

Tanto la hemos mejorado que yo tengo que estar siempre a dieta

 

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De visita con la yaya

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Pero, ¿quién es esa niña tan mona y repeinada que da la mano a su abuela y camina por la Avda. Franco hacía los cercanos chalets de la Media Luna.

Es Maite, soy yo, que con la yaya voy a visitar a su amiga, la señora Nemesia.

La Nemesia vive en un chalet con jardincito que a mí me deja boquiabierta al ver una casa tan bonita, tan amplia, tan ordenada.

Ambas son de Peralta, la mayoría de las amigas de la yaya son de allí.

Nos sirven café y pastas y para lo poco que yo conocía aquello suponía un liujo.

Creo recordar que Nemesia tenía dos hijas ya mayores. A mí me mimaba bastante pero he de confesar que lo que más me atraía de su casa no eran las ricas pastas o las rosas del huerto  sino las multicolores “alfombrillas”.

Me explico. Su marido el Sr. Biurrun era practicante. Estábamos en el  boom de la utilización de la penicilina en forma de inyecciones. Los practicantes no paraban de ponernos “banderillas”, que si las anginas, que si la otitis. A poco que te descuidaras ya te estaban untando el alcohol en el culo, palmada y adentro la inyección.

El marido de la Sra. Nemesia almacenaba montones de aquellos frasquitos provistos de tapones multicolores donde introducía la aguja de la jeringuilla para mezclar el polvo de la penicilina con agua, luego vaciaba el contenido en la jeringa y al culete la banderilla.

Pues bien, el mañoso Sr. Biurrun extraía todos los tapones, los lavaba y juntándolos, no recuerdo cómo, conseguía unas alfombrillas multicolores, rojo, azul, verde, amarillo, que llamaban poderosamente mi atención. Había una alfombrilla en la entrada, también en los baños. Me costaba creer que de los “odiados” frasquitos” pudiera .obtenerse algo tan divertido. Aún no se sabía nada del “bricolage”.

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Mientras yo estaba entretenida la yaya y su amiga, como buenas “riberas” competían en todo lo que podían. sus ropas (eran muy presumidas), sus joyas, en el caso de la yaya cuatro pedruscos y por fin sus nietos a cada cual más listo y obediente.

Después de merendar me mandaban a jugar al jardín, allí no había niños así que jugaba sola y hasta la próxima

Otra visita obligada era a “Las Blasas”. ëstas no es sólo que fueran de un status superior, es que además se lo creían porque el marido de una de ellas era o había sido Comandante, palabra que a mí me sonaba como a Gran Capitán de Navío.

La casa de “Las Blasas” me imponía, creo que miedo, era sombría y estaba atiborrada de muebles también oscuros. Allí olía a polilla..

La sala tenía unos miradores que daban a la Avda de Franco y mientras la yaya hablaba con sus amigas yo me entretenia mirando por los vantanales el ajetreo del garaje Unsain, o el ir y venir de las Villavesas.

La tercera visita que voy a contar hoy es la que hacíamos a Villamiranda.

Villamiranda es una floristería de Pamplona situada en una bocacalle del Paseo Valencia. La dueña también era de Peralta y lo que a mí más me ilusionaba es cuando la visita la hacíamos a los invernaderos donde se cultivaban las flores. ¡Qué bonitos! Allí podía correr entre las hileras de flores y chapotear en las pequeñas acequias, abrir y cerrar grifos. Creo recordar que los invernaderos estaban bajando a la Rochapea y para mí esta visita suponía una auténtica fiesta.

¡Ay la yaya! la yaya y su nieta, así me tuvo, de la mano, hasta que llegó Iñaki y se le complicó la vida. Ya éramos dos y el camino más fácil era ir a La Media Luna donde también encontraba amigas de Peralta como la Sra. Francisca..

La Media Luna ya era otra cosa. Encontrar otros niños, sobre todo niñas con las que jugar a la cuerda, a la pelota, o simplemente chapotear en la fuente. Nos daban la merienda y seguíamos jugando hasta el anochecer cuando llegaba el verano y entonces podíamos buscar luciérnagas

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Yaya, la yaya, al escribir este blog me he dado cuenta el papel fundamental que tuviste en mi infancia. Tan orgullosa estabas de mi, tanto me subía lo que hoy llaman “autoestima”

 

Localizaciones. Avda Franco hoy Baja Navarra. Paseo Valencia hoy Sarasate

 

 

 

Aquellos tiempos, aquellos remedios


Se llevarían las manos a la cabeza los solícitos papás y mamás actuales si supieran de algunos de los remedios caseros que nos aplicaban a los niños en los años 50 y hasta los 60.

 

Del mundo del Dalsy y el Apiretal, de los bífidos, las alergias y tantas cosas que se tienen en cuenta hoy en día en el cuidado de los niños, demos un salto mortal hasta llegar a 50 años atrás. Medio siglo..

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Veamos.

La Manzanilla era la reina de los remedios. Nada de asépticas  bolsitas alineadas en caja, sino la olorosa flor de manzanilla, guardada en algún bote.

Se hervía en un cazo, se colaba y ya lo mismo valía para sosegar un estómago empachado que para lavar un mañanero ojo legañoso.

Hasta tenía uso cosmético. Decían que la infusión de manzanilla daba brillo y aclaraba el cabello. Yo mantuve esta creencia mucho tiempo. Siendo ya veinteañera, cuando le lavaba la cabeza a la rubia Paulita, en el último aclarado le aplicaba la dichosa manzanilla.

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El Alcohol, o mejor dicho las bebidas alcohólicas, aunque hoy nos parezca increíble. Por ejemplo, si te dolían las muelas, que solían doler y mucho, no te  llevaban al dentista sino que empapaban una guata en coñac y te la colocaban en la muela dolorida. Y a otra cosa.

Cuando estabas un poco debilucha después de unas anginas por ejemplo , decían que perdías el  apetito. Yo en mi caso dudo de que alguna vez haya perdido el apetito.

Daba igual, me endosaban todos los mediodías un vasito de Quina para que comiera con más ganas. ¡ Increíble!  La Quina, San Clemente o Santa Catalina la guardaba la yaya  en “su armario”-

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En el armario de la yaya se podía encontrar de todo, la quina, los roscos de Peralta y las frutas caprichosas, las cerezas o los albaricoques por ejemplo.

Seguimos con el alcohol. Ya más mayorcita cuando volvías del cole destemplada por el dolor de las primeras reglas, te daban una copita de ginebra. ¡ Glup!  Algo aliviaba. Aunque así a media mañana  y en seco igual era que te dormía Luego ya me enteré de que la ginebra es vasodilatadora.

Lo que verdaderamente nos alivió a las chicas de estos dolores es que llegarán las Saldevas y ya nos olvidamos de la ginebra hasta que llegamos a los “cubatas”.

Patata para las quemaduras.

Agua  con sal  casi hirviendo  en un cuenco en el que metías el dedo si tenías un panadizo o un padrastro.

Yo creo que en la Farmacia sólo compraban los famosos Optalidones que luego se prohibieron y las Aspirinas con cafeína que también se prohibieron. Completaban el resumido botiquín el Nitrato de plata que te aplicaban en las verrugas y cómo no el Vicks Vaporub con el que te daban buenos refrotones en el pecho.

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 Nivea de caja azul era la única crema en el campo de la cosmética. Bien aplicada, antes de que te diera el sol en Oricaín o en San Sebastián y así quedabas bien fritica. ¿Factores de protección? Pero bueno, ¿ De qué hablas?.

Linimento Sloan de olor insoportable e inolvidable para el papá si tenia lumbago o a los chicos si tenían alguna magulladura.

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La llave de hierro con su frío helador aplicada sobre los orzuelos. Yo tuve muchos orzuelos, mucha llave y bien de agua de manzanilla.

Por supuesto nos llevaban al médico, que no al pediatra, y en sus manos quedaba el recetarnos los odiados supositorios y las inyecciones de penicilina.

Al dentista  también íbamos a que nos sacara la muela que habían emborrachado con coñac.

A pesar o gracias a alguno de estos remedios salimos adelante.

Cuando nos querían dar un premio por habernos dejado poner el supositorio, o la inyección o el unte del Vaporub, no nos compraban un huevo Kinder, que no se habían inventado, claro, nos daban “sopitas de leche” . ¡Qué ricas!

Dejo para el final el mejor remedio que saben aplicar todos los padres, los de ayer y los de hoy cuando eres niño y algo te duele:

“Cura sana, cura sana, si no se cura hoy, se curará mañana”.

Anexo de vocabulario hoy poco usado: empacho, guata, panadizo, padrastro, supositorio, unte, refrotón, legañoso….

 

El Domingo a Misa

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Era preceptivo los domingos ir a Misa de 12 con los papás.

Ir a Misa significaba ” ponerse guapos ” y a mi para empezar el día,  digamos que me bañaban.

Este baño no era en la bañera metálica pintada de blanco y con patas como pezuñas.

La bañera solia estar ocupada por los geranios de la yaya, o telas en remojo. Aquella bañera, salvo en muy raras ocasiones, no se utilizaba para bañarse. Más vale que llegó la ducha.

Me metían de patas en un barreño en la fregadera. Sí, en uno de aquellos barreños de zinc multiusos, que lo mismo alojaban la ropa en lejía de los lunes que a la Maite a remojo de los domingos.

Lo llenaban de agua templada, me ponía de pie y la mamá frotaba y frotaba, sobre todo las rodillas, sucias sí, pero también llenas de pastillas y arañazos.

Acabado el frotado me sentaba. Una de dos, o el barreño era muy grande o yo muy pequeña. Más bien creo lo segundo.

A continuación se pasaba al lavado de cabeza, también en el barreño. Aún recuerdo aquel champú en cápsula individual, negro, era el de  ” Brea “. También había cápsulas de ” huevo”.

¿Suavizantes? ¿Champú que no pica?. Pero de qué me estáis hablando. Estamos en los años 50. Si había algún aditivo era el vinagre que decían daba brillo sí y también olor a aceitunilla.

Allí había un consumo adecuado del agua. En un barreño iba todo. Nada de horas y horas bajo la ducha.

A continuación te ponias alguno de los bonitos vestidos que me cosia la mamá, calcetines blancos y con suerte unos zapatos negros de charol.

¡ Campañas! ¡Campanas!

A Misa. ¡Qué aburrimiento!

Me entretengo observando cómo el monaguillo enciende las velas y al final cómo las apaga con un capuchón y queda en el aire un olor característico que te pica la nariz.

Me aburro. Me miró lozapatos, sobre todo si son de brillante charol y mientras espero el final observó el Sagrario dorado, los confesionarios que ya de por sí dan miedo.

¡Al fin! Ítem Misa est. Deo gratias. A la calle.

Después a la Librería Amaya. El papá compraTebeos. Para mi los de Hadas, para él Hazañas Bélicas y para la mamá alguna novela de la Biblioteca Chicas, ósea de amor.

Seguia el vermut. Para mí las aceitunas ensartadas en un palillo.

La mamá siempre muy guapa. El papá alto, muy alto. Yo me agarraba de su brazo y le decía que era su novia y me casaría con él.

¡Eran tan jóvenes ! Si yo tenía 6 años por ejemplo, ellos 29.

¡Unos chavales con la vida por delante!

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De nuevo en casa

 


“La vieja casa ahora está vacía pero nada se ha ido. Si algo he aprendido de una vida de profesor, es que la infancia perdura hasta siempre en el alma”.        Ivan Doig

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Ando por ahí, por el pueblo, por la Rochapea, por San Nicolás…… ¡Tantos lugares!

Pero no, no quiero salir del piso de la calle Olite y en concreto de su cocina donde, entre humos de pucheros y calor de brasero, cuento con el cariño y la protección de la mamá y de la yaya. Allí tengo un confortable nido.

Avanzado este blog siento que en la calle Olite recibí muchísimo cariño, cuidados y normas de comportamiento ya grabadas en mi corazón para siempre.

Allí concebí también mis miedos. ¡ Tantos miedos ! A la oscuridad, al hombre del saco y a cosas que nos enseñaban en el Catecismo, como el infinito o la muerte.

La mamá o la yaya poco sabían de la moderna Pedagogía, así que si no me dormía o gritaba asustada por algún sueño, venían junto a mi cama y volvían a decirme aquello de : ” Duerme bonita que si no vendrá el hombre del saco”.

Pues ya estaba armada.

De aquella niña, aquellos miedos.

¡Tantos miedos !

Con 64 años, al fin ya no tengo miedmnívora

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La bici

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Mientras vivimos en la calle Olite ni Iñaki, ni Patxi, ni yo tuvimos bici. Querer queríamos pero ni se nos ocurría pedirla, porque era evidente que no se podía. No estaban los tiempos para bicis.

Nuestra bici era la de los Turrillas, si ellos querían, claro, nos dejaban dar unas vueltas a la manzana de los “Jardinicos” y se acabó.

En aquellos años la mayoría de niños carecíamos de bici así que te conformabas y agilizabas las piernas corriendo al “Tres navíos en la mar”o al  “Escondite”  pero de pedalear nada de nada.

Paula ya sí que tuvo bici como Dios manda. Se la pidió a los Reyes Magos y ellos van y le echan, una preciosa bici azul, colocada la mañana de ese día junto al árbol de Navidad.

Los tiempos habían cambiado. Vivíamos en el Barrio San Juan y ya Paula tuvo de todo: un lindo triciclo rojo metálico, con cintas de colores colgando del manillar y su bici azul.

Que Paula aprendiera a andar en bici esa fue otra

¡ Vete tú ! me decía la mamá y allí íbamos las dos hermanas a la Taconera con mis           ¡ Dale!  ¡ Dale! !Que te suelto¡

¡ Venga ! ¡ Venga!  ! Muy bien! Cuando ya por fin circulaba sola.

Mis hijos que ya nacieron en los 80 ya casi vinieron con la bici puesta. Primero el correpasillos, luego el triciclo y al fin la bici de cuatro ruedas. Hasta por fin quitar las ruedas pequeñas y ya correr de verdad. Pablo estrenaba, Dani heredaba y no había quejas.

Luego ya vino la vorágine de las bicis, a ser posible lo más parecidas a la del protagonistde ET. ¿Una bici voladora ? No. En el caso de mis chicos fue una BH.ET1

Allá íbamos al pueblo en verano con las bicis enhiestas sobre el capó del coche sujetadas a un artilugio que colocó Andrés.

Luego ya llegaron las Mountain Bike. El mundo del temido “pinchazo”. Andrés arreglando la cámara y considerando que el tiempo en que se fumaba un cigarro era el necesario para que la goma se pegase.

Bicis por todas partes, en el balcón de casa y en la leñera del pueblo.

Hoy en día cada uno tiene entronizada la bici en su casa.

Mi vida sin embargo ha sido una vida sin bicicleta. No pasa nada. Ya está Pablo para andarselo todo.

El pueblo. Otoño.

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Cuando Pablo y Dani eran pequeños volvíamos al pueblo en el puente del Pilar, para cerrar campaña como decía Andrés.

En Octubre el panorama había cambiado. Había llegado el frío.

Andrés cada mañana en cuanto ponía un pie en el suelo se entregaba a la labor de encender la cocina de leña.

Dani y Pablo observaban extasiados la operación. Subir leña y ” abarras” de la leñera. Sacar las cenizas del día anterior. Colocar la leña, desmenuzar las ” abarras “, acabar estrujando papel de periódico que no estuviera húmedo y por fin prender fuego.

A Andrés le salía perfecta está operación. Yo nunca aprendí. Los chicos si.

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Era un hechizo el que ejercía el fuego sobre ellos. Ayudaban en lo que podían. Observaban las brasas, jugaban con el badil.

Ya está el fuego encendido. Desayunar y a la calle.

– ¡ Poneros las chamarras que hace frío !

Daba igual, nunca tenian frío, aunque vinieran con las orejas coloradas y las manos congeladas.

A estas alturas del año se nos habían acabado los gozos de la piscina.

Yo pasaba tranquilamente las horas en la cocina calentita, haciendo punto o leyendo alguna de mis novelas.

Este año hemos vuelto al pueblo en ” Marzo ventoso”.

Ya no están los niños.

Ya somos más perezosos.

El viento sopla en todas las direcciones y se nos mete el humo en la cocina.

Renegamos, sólo un poco,  y nos decimos:

– ¡ Hasta que cante el cuco no volvemos !

El Pueblo. Verano

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Yo no tuve pueblo.

Fui una niña de “ciudad”, pequeña, provinciana, si, pero ciudad.                                           De pueblo eran mis compañeras de colegio “Las Internas” que procedían de distintos pueblos de Navarra : Milagro, Olite, Lesaca, Estella y un largo etcétera.

Parecía que tenía ventajas ser de capital.

Veamos, mi río era el Arga, mi hierba la de la Media Luna, mi monte el Monte las Aguas, hoy Mendillorri, mi pueblo de referencia Sorauren.

Mis animales eran las luciérnagas de los parques y las mariquitas de siete puntos, que me encantaban, mis peces eran los barbos del estanque de la Media Luna y los cisnes los del estanque de la Taconera.  .

Así que a mí el pueblo ” se me apareció ”  cuando ya, con mis niños, aterricé un verano en el pueblo de Andrés.

Para empezar se me dieron unas buenas lecciones prácticas de naturaleza. Que si esto es el enebro (ginebro), que si las procesionarias, las encinas, la Sima, las tierras calizas.

Veía y tocaba todo lo que en mi cabeza era sólo teoría. Sí, había estudiado muchas cosas en Geografía con el Profesor Floristán : los suelos, las coníferas, los caducifólios, pero en realidad no conocía nada.

La experiencia del pueblo a quien realmente marcó fue a mis hijos.

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Gallinas en la era detrás de casa, terneros a los que Dani daba el biberón, los lunes moler el grano, de vez en cuando la gran ilusión de montar con El Tocayo en el tractor.                 Vivían pendientes de la actividad de la era y a la mañana con los primeros ruidos del tractor o del molino saltaban de la cama.

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Los caracoles, las arañas enormes, los escarabajos de todo tiipo que se acercaban volando a la farola y caían al suelo donde Pablo y Dani junto con sus amigos: Javi, Ignacio, Noé, Víctor y Andrés tenían preparado  un ” corralillo” donde con barro, piedras y agua hacían circuítos para que caminasen sus presas.

Por primera vez observaba el ciego vuelo de los murciélagos o escuchaba cada noche al autillo. Mientras tanto Pablo “El Tocayo” nos desgranaba historias preciosas de cuando una vez marchaba andando a Salamanca ……..o aquella otra de cuando tuvieron que dormir al raso…….Nunca me cansaba de escuchar a este gran maestro de la naturaleza a quien mis hijos, sobre todo Dani, adoraban

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Podía estar tranquila charlando con El Tocayo y con Andrés porque en el pueblo estaba inventado un concepto llamado “La Fresca” . La Fresca significaba que los niños no cenaban en casa sino que les preparábamos un buen bocadillo de chistorra, de panceta, de lo que fuese y a las 9 (hora de la Mila) lo recogían y volvían a la calle, bocadillo en mano a seguir con sus juegos, lo que tocase: el corralillo, la bici, la txirristra.

Mientras tanto los mayores sentados a la puerta de casa tomábamos nuestra fresca charlando relajadamente hasta que veías a tu hijo bajar en bici a toda velocidad la cuesta del bar y entonces chillabas como una loca.  ¡Pablo que te vas a matar!

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Llegaban reventados y caían rendidos en la cama.

La actividad mañanera de la era los tiraba de la cama. Un día era moler, otro montar en el tractor o dar el biberón a los terneros. En la era estaba la felicidad.

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Mañana y tarde bajábamos al “Balneario”, un balneario en forma de piscina, con agua generalmente helada y con vistas a Monjardín.. Los niños, las toallas, los manguitos y yo tomábamos plaza a la sombra de un ciruelo, siempre el mismo. Los días de piscina pasaban desde el primero en que Dani no se quería meter en el agua de ninguna de las maneras, hasta que ya intrépidos se tiraban por el tobogán, hoy desaparecido.

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Nuestro ritmo piscinero se repetía cada día. Por la tarde a las 5 la merienda, después el Mikolápiz y ya podían pedir patatas, triskis o lo que fuese que nosotras impertérritas les ofrecíamos la fruta.

Hoy me pregunto de dónde sacaba la energía para experimentar “el pueblo” en todas sus facetas, Desde que a la mañana me levantaba con el sonido de la bocina que anunciaba la llegada de la camioneta del pan, siguiendo por coger la leche de la lechera, cocerla, hacer la comida, dos sesiones de piscina, casi me canso sólo de enumerarlo.

Así que cuando a las 9 de la noche te asomabas a la ventana y decías ¡ Pablo, Dani el bocadillo!  pensabas  ¡Bendito sea Dios qué buen invento la fresca!

Ellos aprendieron a andar en bici, más bien a tirarse con la bici por las cuestas del pueblo. Con tanto “deporte de riesgo” no fueron pocas las veces que fuimos a Urgencias al Hospital de Estella

¡Ya verás! ¡En pocos años se olvidan del pueblo!  Decían mis amigas.

Pues no, no se olvidan del pueblo y en cuanto pueden se acercan a fiestas, las que toquen, o al día del Valle, o sin más a ver a sus amigos “chaparreros”.

Yo tampoco me olvido del pueblo, aunque ya a mi edad he aprendido a disfrutar sin falta de hacer grandes esfuerzos.

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Canto mientras tiendo al aire libre y observo el ir y venir de las nubes. Tomo el sol en el huerto. Observo Monjardín y sus boiras. También bayeta en mano o con la fregona peleo con los elementos: el polvo, el barro, la paja, las arañas, que también son del pueblo.

Y como buena capitalina me doy el premio de ir cada día a la Mallorquina a tomar un café que lo preparan buenísimo y si hay gana, una coronilla.